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And Just Like That: las “Boomers” de Nueva York

Falta una, y ¡vaya una! Samantha era, para muchas, la mejor de las cuatro. Sin embargo, en mi opinión, su polémica salida de la serie ha sido una de las cosas que mejor se han resuelto.

@dbora_castillo

@deboracastillobook

Una vez acabada la primera temporada de And Just Like That –el regreso de Sex and the City– toca valorar. Hace unos días Sarah Jessica Parker pedía a su seguidores de Instagram que se manifestaran a favor o en contra de una segunda temporada y la cosa acabó muy igualada. Yo por mi parte, voy a romper una lanza en su favor, no sé si de esa continuidad pero sí del interés que ha mantenido la primera temporada.

Uno de los aciertos que se le atribuía a la saga de Harry Potter era que su autora, J.K.Rowling, había hecho crecer y evolucionar a su personaje junto a sus seguidores. Harry empieza siendo un crío y acaba siendo un adolescente: otro comportamiento, otras inquietudes, otra visión del mundo. Eso mismo es lo que se esperaba de esta serie, que las chicas que conocimos con treinta y pocos no encarasen retos parecidos a los de entonces, sino que se enfrentaran a los que tenemos las señoras de cincuenta y tantos.

Las opiniones, al igual que en la encuesta de Instagram, están muy divididas, pero a mí me parece que el reto está conseguido. Se habla de matrimonios que entran en la rutina y no encuentran el camino para salir de ella, del conflicto generacional –esos «hijes» adolescentes y la necesidad de los padres de entender y asimilar los nuevos conceptos–, de la muerte y, también, cómo no, del leit motiv de la serie: la amistad.

Se ha dicho que el dolor de Carrie frente a la muerte del amor de su vida es frío, demasiado contenido. No lo comparto, yo sí he visto la sensación de perdida, de falta y de no saber ni cómo ni dónde ubicarte. O de sorpresa al descubrir una parte de la vida del compañero que le era desconocida y la impotencia por no poder ya confrontarla o compartirla. Pero eso es al principio, y luego el camino natural es el de la voluntad de superar el trance. Y eso, repito, es lo que he visto.

También se ha comentado negativamente la exigencia de meter con un calzador las cuotas que la han convertido en una serie políticamente correcta: cisgénero y transgénero. Miranda lesbiana, Charlotte luchando con sus dogmas cuando su hija Rose quiere ser Rock… Ahí sí que estoy bastante de acuerdo, pero sobre todo porque la impresión que me deja el final de la temporada es que no ha habido una reflexión de los personajes acerca del cambio de paradigma, sino una inmersión forzada y un paso de “¡¿esto qué es?!” a “¡estupendo todo!” de cuento de los de antes, con su “fueron felices y comieron perdices” un poco sacado de la chistera. Puestos a pedir, quizás hubiera estado bien dar más aire a esas vicisitudes y de ahí es de donde saldría una segunda temporada y hasta una una tercera.

Yo no me he aburrido, me ha gustado, me ha entretenido y he recuperado a unas mujeres en las que me he vuelto a ver reflejada en algunas ocasiones.

Y si se me concede un deseo: ¡por favor, por favor, por favor, que vuelva Samantha! ¿Alguien se imagina la de juego que hubiera dado? Infinito.

InMagazine

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